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PENSAMIENTOS, SENTIMIENTOS, MIS SUEÑOS Y MIS REALIDADES... PERO ANTE TODO, YO EN PALABRAS...

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Ocurrió una noche, se oyó una voz desde una ventana...

- Mamá, ha desaparecido la luna...

-No digas tonterías, estará nublado...

-No mamá, hay cientos de estrellas y sabes que todas las noches a estas horas salgo a saludarle, no está...

La misma conversación o parecida se repitió en muchos hogares, en muchas ciudades, en los pobladores del bosque, en los barcos de alta mar y entre los pescadores de sueños. Los miles de amantes de esta bola flotante del universo echaron de menos a su novia. Un astrónomo movía nervioso su sofisticado telescopio sin conseguir encontrar ni el halo de su sombra, sólo detectó tristeza en el manto oscuro y fijándose bien notó diminutas estelas que empezaban a bañar la tierra, las estrellas lloraban y era tal la tristeza que a él también se le escapó una lágrima. El mundo se quedó sin luna de la noche a la mañana. No se hablaba de otra cosa en los medios de comunicación, en las redes sociales se colgó su foto junto a un " Se Busca", se reunieron los mejores astrónomos, filósofos, religiosos y políticos, era tal la trascendencia…, se culpaba a esta humanidad absurda y controladora de la naturaleza, a Dios y sus designios, a algún grupo fundamentalista, de estos que intentan eliminar toda clase de belleza o a desconocidos moradores de otros mundos que pretendían invadirnos en noches más oscuras y tenebrosas. Pero a nadie se le ocurrió culpar al amor.

Él simplemente se enamoró, se volvió loco por ella, y no soportaba que nadie más le mirara, quería ser el dueño de su luz, de su misterioso encanto, de su magnetismo y por ahí, inteligentemente la consiguió. Llevaba medio vida obsesionado, planeando su delito a la perfección, se apartó del mundo y en el lugar más aislado construyó un entramado de poderosos imanes, una gigantesca fuerza de atracción y una noche lo consiguió.

Ella se despertó trastocada y macilenta, un poco golpeada, nada serio, fue cuestión de segundos que algo provocó la salida de su órbita y se despeñó. Se encontraba en un lecho de rosas, disminuida en tamaño y luz, y en un rincón, sentado, extasiado, vio a su adorador. Nunca unos ojos habían estado llenos de tanto, cómo esos que miraban tan cerca a su amor. Una voz que salía de aquel cuerpo afiebrado comenzó a decirle mil cosas bonitas, de esas que alimentan el ego de mujeres y lunas, era perfecto en el arte de la seducción, tanto, que pasado el primer susto su naturaleza frívola se acomodó y la vanidad se vio reflejada en las paredes llenas de espejos y lunas presumidas. El tic tac del tiempo pasaba entre historias sobre ella que él había recopilado o inventado y a ella le enloquecían, y en algún momento comenzó a fluir con reciprocidad, el amor.

Mientras tanto el mundo seguía consternado y las mentes policiales más sabias seguían en acción. No fue muy difícil, no hay crimen perfecto en una era de alta tecnología y sondas espaciales, la nasa enseguida localizó el lugar y el captor.

Pasó un día sin más, la fortaleza se rompió y mil hombres sofisticadamente armados irrumpieron en el lecho de amor, la tierna escena se convirtió en un caos de voces, ruidos, pétalos de rosas volando, cristales rotos, un simple cuerpo rodeado de armas, un último gesto, un dulce de adiós, la última declaración de amor.

Ella casi se desvanece por el susto y por el dolor y no sabe en qué preciso momento se vio de nuevo viajando en su órbita, reina de las noches, escuchando el clamoroso aplauso de un mundo que la recibía con honor.

Ella nunca más le vio, por mucho que buscó entre esas admiradoras caras que le contemplaban cada noche, pero nunca se olvidó de su amor.

Él murió una noche de luna llena, como no, en una oscura celda con una alta y diminuta ventana, sentado en la única esquina en la se colaba un diminuto rayo de esa luna a la que con tanta locura y hasta final ardientemente amó.

Ella lo supo cuando escuchó su dulce y seductora voz diciéndole de nuevo mil cosas bonitas, sentado en su lomo de luz.

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