Venía caminando por la orilla, como adoraba hacer, era un ritual sagrado entre ella y el mar, eran las caricias antes de la entrega total, del placer supremo, de la comunión del agua salada con su cuerpo.
Ahora sólo quería jugar con la arena, construir un nuevo camino sólo con sus huellas, disfrutaba mirando el rastro e imaginaba su vida paso a paso, cada paso un momento, ¡ cuántos momentos...!
Nunca tuvo buena memoria, a veces creía que su infancia y su adolescencia habían sido un sueño, ¿por qué apenas tenía recuerdos?, hechos muy aislados, momentos deshilachados. Si recordaba haber sido feliz, niña y adolescente, no adulta antes de tiempo, normal y aún sentía algo de esa niña dentro, su más preciado tesoro, su mejor adorno, esa alegría infantil que aún brillaba en sus ojos y en su sonrisa cuando la vida gratamente la sorprendía.
Mirando las huellas recordó piruetas cirquenses, hadas dibujadas en todos sus cuadernos, sencillos versos, un alma de poeta desde la cuna, los sueños y el amor como una constante..., y ahí estaban tendidos al sol en forma de huella, trozos de pasado pegados a su vida paseando su inmortalidad por una playa perdida... De repente, un golpe más fiero de mar tomó por asalto la playa y deshizo su sagrado momento. ¡ Qué fragil es la vida, qué frágiles los recuerdos !
Se acabó el pasado, y se encontró en medio de una playa, anclada en una sola huella, perdida sólo durante unos segundos, los justos antes de sonreír y lanzarse al mar para olvidarse del antes y el después, de pasados inamovibles y de inciertos futuros y se amó y disfrutó el momento presente, con el mar, el cielo y la sal como únicos testigos.