Y el fuego simplemente se apagó.
Y sus miradas cambiaron de dirección, norte y sur, espalda con espalda.
Pasó un día, no hacia mucho, en que sus ojos se encontraron y en un segundo dos hogueras muertas renacieron, dos lenguas ininteligibles no frenaron el irresistible feeling, con el diálogo del alma llegaron a acercarse tanto que no pudieron evitar quemarse.
Sol y luna, blanco y negro con un puente de amor intermedio.
Un mundo entre ellos, rascacielos que rodeaban conformándose con un callejón donde llegar a probar el deseado beso, la caricia del cuerpo, creando una primavera después de un largo, largo invierno.
Y se empaparon de mieles en varias noches sin luna y varios días sin sol, en ese callejón tierra de nadie, donde jugaron al amor y a ser novios sin futuro.
Un amor de rebajas descosido al primer golpe de viento. No hubo flores ni para el funeral, ni una canción que recordar, ni una cuerda en la muñeca, sólo dulces palabras de despedida, el último jarro de agua fría para tapar con una losa el volcán que hubiera querido morir convulsionando.
Silencio de repente y frío, la chimenea se apagó y dos frágiles pensamientos todavía se buscan en un mundo perdido, hasta que ellos también se cansen de buscarse entre nubes oscuras y decidan decirse por fin Adiós.