Hay un lugar con sabor a sal y olor a mar, el paraíso del mirón, el nirvana del exhibicionista vestido de motas de arena y brillo de sol. Es el reino de la piel, el pecho se alza triunfante, los pezones se pasean sin rubor, orgullosos, como el resto de la piel. Unos cierran los ojos para sentir, otros abren los ojos, para sentir, igual. Sólo hay pequeños muros en esta tierra de libertad, pocos centímetros de tela que esconden el último reducto del pudor, una afrenta en esta semilibertad, una zona mística perdida entre el placer y el pecado, un diminuto burka, que esconde un prejuicio o un preciado tesoro y altera la imaginación del mirón. Hay un lugar con sabor a sal y olor a mar y un ruido de olas y piel húmeda y pequeñas banderas de colores perdidas entre cuerpos semidesnudos.