Sonaba una ridícula canción de amor, dulzona, como ese café incapaz de disfrutar con tanto azúcar. La televisión estaba muda pero mostraba escenas violentas, la guerra en Siria, un niño en una silla, víctima inocente de la locura y moneda de cambio para periodistas y políticos. Trabajadores locales y turistas miran la escena y escuchan la ridícula canción de amor, el instante de rabia se endulza con más azúcar de lo normal, nada cambia, sólo es un instante, luego más anestesia para continuar infelices sin entender muy bien el porqué, cerrando los ojos y abriendo la boca, para comer, para beber, para hablar tonterías y nublar la mente de este mundo absurdo.