Acabé de asesinar la hoja con mi pisada, un intenso crujido de dolor se sintió en el silencio del monte y me estremecí. Me paré, no sabía si quería despertar el sueño del lugar. Me limité a observar de qué manera tan bella se desnudan los árboles para vestir de colores el rudo suelo. Oí crujidos en la distancia, no era la única que profanaba el lugar y decidí seguir caminando. Con cada crujido se despertaban más mis sentidos, olía a una incipiente humedad pútrida, vi una hoja amarilla desprenderse y pensé en ti y en la muerte, el muerto más querido que tengo. ¡ Cómo sangra el corazón a veces en forma de lágrimas ! Me estremecí por dentro por el frío y por tu recuerdo y de mi rostro nacieron dos diminutos arroyuelos. Te fuiste en el invierno de tu vida y me acordé de ti en este otoño, la memoria es como esa bella durmiente que el beso de una idea despierta. Lloré silente y sola y te resucité en ese bello monte, quizás de eso se trate la inmortalidad. No sé cuánto tiempo te tuve a mi lado. No lo sé, me limité a sentirte. De repente, un rayo de sol se coló entre el desnudo ramaje y me golpeó el rostro y secó la huella de ese bello dolor, porque hay dolores bellos y tú eres mi más bello dolor. Seguí caminando con fuerza, ahora quería matar todo y dormirte de nuevo en mi memoria. Miré el reloj, se me hacía tarde y esperaba una llamada, quizás allí no tenía cobertura suficiente y necesitaba hablar con él, aceleré el paso y me olvidé de las hojas, de crujidos, del aroma del bosque y de ti, porque el río de la vida sigue su curso..., con nuevos paisajes, nuevos sonidos, nuevos aromas y nuevos sentimientos..., aún así tu recuerdo y tu bello dolor siempre me acompañan.