PENSAMIENTOS, SENTIMIENTOS, MIS SUEÑOS Y MIS REALIDADES... PERO ANTE TODO, YO EN PALABRAS...
Arrugó la frente y colocó su mano a modo de visera, intentaba penetrar en la nube en la que vivía desde que sus casi centenarios ojos habían decidido jubilarse. No se resignaba a ello e inconscientemente sacudía humo, pero seguía en la sombra. Sentado en el banco olvidado de un olvidado rincón del parque siguió respirando y recordando. Ella, siempre ella, a sus diecisiete y con trenzas, en esos años en que la niñez duraba tanto, sus carcajadas por todo y por nada, rozando con ligeros besos sus labios y escapando de un abrazo otra vez mas. persecuciones, risas y dos cuerpos enredados en la ladera, el eco de unos suspiros rompiendo el silencio del valle. Suspiró cuando le tocaron el brazo y le rompieron el sueño, era hora de entrar, el horario de la cena estricto, la rutina de hogar de los viejos se imponía.
Hacía mucho que apenas hablaba, no por falta de voz si no de ganas, colocada delante del televisor, era un objeto mas de la casa. Calló cuando se dio cuenta de lo poco que importaban sus palabras, sus nietos se molestaban, sus hijos se impacientaban, sus cosas desaparecieron con la mudanza de su vida, lo viejo es antiestético le repetían y le buscaron un espacio en un sillón, un feo metro cuadrado donde se congeló su risa. La tele su compañía, él su anestesia al dolor. Él, siempre él, con el traje de los domingos la buscaba a la salida de misa para tirarle de una trenza y decirle en un susurro..., guapa. Ella corría con sus amigas disimulando lo que ya sentía, se acostumbraron a verse cuando empezaba a caer el día en la ladera de un valle que se enamoró de los enamorados y les regaló un lecho de flores teñido de pasión. Una cacha, unos pasos, una mesa, una cama, un "qué duro llegar a vieja".
El valle no volvió a verlos, su lecho de flores se marchitó aquel otoño y nunca mas floreció. Aquellos años de daños y envidias, de guerras absurdas que separaron hermanos, amigos y amores, cambiaron suspiros por ecos de balas.
Pero a veces no existe ni el tiempo ni el espacio, para dos eternos enamorados, que escapando de la cárcel de los años, vuelven al valle cada noche y cada día buscando una trenza, un beso aparentemente furtivo, un abrazo, unas risas, un lecho de flores teñido de pasión.