PENSAMIENTOS, SENTIMIENTOS, MIS SUEÑOS Y MIS REALIDADES... PERO ANTE TODO, YO EN PALABRAS...
Se reconoció cuando se leyó definida por alguien. Un anónimo más esa mañana, otra vez el ser invisible que le rondaba daba en el blanco. Con una maravillosa exquisitez le describía su voz, su manera de expresarse, su mohín íntimo cuando se miraba al espejo, su manera de andar, su dejadez con el bolso, su tintineo nervioso en la mesa cuando espera a alguien, sus ojos interrogantes cuando algo le desconcertaba, sus botas preferidas, su color, su aroma, sus sueños, sus ansias. Le angustió ser tan trasparente para el desconocido que la conocía mas que nadie y le agradó una vez mas esa dulzura implícita en cada palabra. Intentó leer amor, pero no era eso en concreto lo que su intuición le dictaba, quizás mas bien atracción, juego, inicio de seducción, estaba un poco perdida, se preguntó una vez mas qué sentía y sonriendo reconoció que todo aquello le gustaba.
Las cartas siguieron apareciendo en el buzón cada dos o tres días y cada día las abría con mas ansia. Miraba alrederor con mas interés intentando encontrar en algún conocido una mirada, un gesto, una palabra, pero no encontraba nada, miraba por la calle buscando su anónimo amor sin resultados.
Se acostumbró a él como a la niebla en invierno, como a las margaritas en la primavera, como a sus labios pintados cada mañana sólo por si acaso le mirara. Se sentía novia y a veces contestaba sus cartas al viento soñando con que le llegara el susurro de un tímido te quiero. Porque no sabe en qué segundo, pero comenzó a quererle.
En la intimidad se imaginaba amando ese cuerpo ausente, le cambiaba la forma y la cara, pero su alma siempre era la misma, esa que volaba con ella al paraíso.
Sus amigas comentaban sus amores, pero ella siempre callaba, se avergonzaba un poco de amar a un extraño, de no tener un cuerpo ni un nombre de quien hablar.
Y así pasaban los días y los meses y las cartas llenaban cajones con sueños y alegrías y el oxidado buzón pasó a ser su mejor amigo.
Hasta el día que el vacío llegó, y el mañana y el pasado mañana seguía con el blanco sobre ausente, su amor se olvidó de la amada, o la vida se olvidó de él, quien sabe y ella nunca lo sabría.
Sólo ella supo de su dolor como antes de su felicidad, de su desesperación, de sus utópicos sueños rotos y volvió a la desilusión de su vida con la rutina mas triste del mundo.
Las cartas se ajaron de tanto reelerlas, intentando recuperar aquellos momentos, pero solo despertaban las lágrimas dormidas.
En los azares del tiempo y la vida un día conoció un hombre y dejó de estar sola y recuperó algún sueño, no todos, pues no era él, aquel le hizo conocer el cielo rozando su piel con mil delicadas palabras...