Eran más que dos, se multiplicaban cuando el deseo les invadía, eran más brazos, piernas, labios, dedos. El fuego se extendía por la casa y quemaban la cama con cada encuentro.
La mujer fría y rígida, el trozo de hielo impenetrable para su marido, se convertía en llama cada vez que el prohibido la tocaba. Y se dejó tocar una tarde de verano, después de un descarado juego de miradas, en un baño público. Desde entonces su rutina era encontrarse, donde fuera, a la hora de la compra, en la visita a la amiga imaginaria, en un salgo a caminar. Y así quemaron un monte y un banco del parque, su coche y su casa, la de él. Su sonrisa cambió, más bien reapareció, al ritmo que su piel, sus ojos, su pelo y su marido veía como el trozo de hielo se deshacía sin que el calor viniera de él.
Eran más que celos, era desdén y rabia, era inferioridad y miedo, esos eran los sentimientos que le empujaron a buscar el rastro del fuego y lo encontró, se dio de bruces con la hoguera, esa que nubló sus sentidos y le enloqueció.
Aparecieron unidos, desnudos, enngrecidos, pegados por el calor, con las piernas y los brazos fundidos, eran más que dos, el fuego se extendió por toda la casa y esta vez, ésta si, les mató.
Se hicieron dos frías losas a prueba de calor y de infidelidad, dos losas que se resquebrajaron de pronto, por el excesivo calor del verano dijeron y el vivo se revolvió de rabia y los muertos se comieron de nuevo a besos en un parque de un invisible cielo.