El horizonte no parecía nada, una fina linea que hacía dudar entre el mar y el cielo. El viento meneaba mi pelo y un oscuro rizo formó parte del paisaje en unos segundos muertos.
Dejé de oír las voces que me acompañaban para escuchar el escandaloso silencio de las olas y el viento. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, era esa vida invisible la que rozaba mis células y mi alma.
Como un violín me dejé sonar para formar parte de la orquesta, no quería simplemente estar, necesitaba ser y fui.
Fui una con ese sol que buscaba una cama de plata acunado por las olas lejanas que nacían, morían y volvían a nacer.
Fui gaviota en un momento fugaz y mi mente se tiró al mar rescatando un pensamiento que no deseaba hundirse.
Me teñí de amarillo, de rojo, de naranja y me volví fuego sin que esa mano, tu mano..., me rozara.
Me volví arena para recoger ese gramo de sal que me recordara aquellos besos que nunca fueron salados, una simple excusa para pensar en ti...
Perdida en todo y en nada el mundo se tiñó de gris, un gris oscuro casi negro bordado de estrellas y luna..., volví a mi realidad cuando escuché, " nos tenemos que ir ".
Y me despedí del cielo tintado, de un mar adormilado y del silencio del viento en las ramas, y por algún tiempo, seguramente no mucho..., también de ti.